欧浪新闻 · 2026/4/18 · Amanda Mars

El espíritu Mamdani en Barcelona: de asaltar los cielos a arreglar el asfalto

Vox y un bloque de vecinos de L’Hospitalet han regalado un capítulo de ‘Aquí no hay quien viva’, pero la cumbre progresista transcurre sin proclamas encendidas y con altas dosis...

El espíritu Mamdani en Barcelona: de asaltar los cielos a arreglar el asfalto

El espíritu Mamdani en Barcelona: de asaltar los cielos a arreglar el asfalto Vox y un bloque de vecinos de L’Hospitalet han regalado un capítulo de ‘Aquí no hay quien viva’, pero la cumbre progresista transcurre sin proclamas encendidas y con altas dosis de optimismo Las camisetas de algodón rosa desgastado, merchandising del PSOE, se venden por 5,99 euros, mientras que el cortado servido en la barra de enfrente cuesta 3 euros; y el café con leche, 3,50.

Tal disfunción de mercado explica un montón de cositas que han pasado en el sistema económico occidental en los últimos 20 años, todo lo que habrá tenido que suceder en la cadena productiva para que una prenda llegue a manos del consumidor final con tan poco coste y para que en ese chupetín de cafeína en vaso de papel se deje uno la camisa (media camiseta, para ser precisos).

Contorsiones de las reglas y las lógicas que se encuentran también la génesis de esta cumbre progresista internacional que se celebra en Barcelona.

Al capitalismo hay que salvarlo de sí mismo cada cierto tiempo, suele decirse.

El mensaje ha circulado estos dos días de foro por las mesas redondas de forma sobria, con poca arenga, mínimo ardor, antítesis absoluta de esas conferencias de acción conservadora de Estados Unidos que, desde que Donald Trump llegó -y volvió- al poder, se han convertido en un goloso fruto para los cronistas de ambiente.

Los fastos, además, se celebran en la Barcelona posprocés, capital de esa Cataluña de un Salvador Illa que, como comentan algunos ilustres miembros del selecto Cercle d’Economía, ha matado al independentismo de aburrimiento.

“Es que hay que rebajar la tensión, la gente no vive solo de épica, la gente quiere soluciones”, apunta el expresidente catalán José Montilla mientras avanza por los pasillos del evento.

“Esto no es una asamblea de base, la mayor parte de gente que habla aquí tiene responsabilidades de Gobierno y busca coordinar una respuesta, no proclamas encendidas”, señala otro socialista veterano que participa en la cita y que… Un momento, un momento.

¿Es esa mujer quien parece que es?

A las tres de la tarde del viernes, en la sala Ernest Lluch, comparece en la mesa redonda una mujer de 47 años con el cabello recogido, blazer blanco impecable y una diplomacia desarmante ante tanto curioso que cuesta creer que, en efecto, es ella, Ana María Archila, la guerrera del ascensor, entrevistada por EL PAÍS seis años atrás en circunstancias muy diferentes.

En 2018 esta activista de origen colombiano saltó para siempre a la escena nacional de Estados Unidos porque logró que, en el último minuto, un senador republicano llamado Jeff Flake cambiase su voto y obligase a abrir una investigación contra Brett Kavanaugh, a punto de ser confirmado juez del Supremo, por acusaciones de violación.

Archila y otra joven exhortaron con tal fuerza a Flake cuando trataba de irse a su despacho que el tipo acabó cambiando el voto.